Cuando un club está en rojo, lo primero que pensamos es que los dirigentes la están chocando: malos manejos, decisiones erróneas y vaya a saber uno cuántas cosas más. Date una vuelta por las redes y vas a encontrar mil teorías, cada una más firme que la otra. Pero el rugby profesional tiene un misterio más jugoso: nunca facturó tanto y, aun así, la mayoría de sus clubes pierde plata.
No es una sensación, son números. Según el último informe financiero de la consultora Leonard Curtis, los clubes de la Premiership inglesa acumularon pérdidas por 176,9 millones de libras en diez años, y en la temporada 2023/24 no hubo uno solo que diera ganancia. NI UNO. El Top 14 francés, el campeonato más rico del planeta, rompe récords de ingresos y, aun así, según la propia Liga, cerró 2024/25 con un rojo operativo cercano a los 50 millones de euros. En Nueva Zelanda, un informe de Deloitte encargado por la federación concluyó que, si no fuera por su plata, casi ninguna franquicia de Super Rugby habría tenido un año en verde desde 2019.
El argumento que reina, según las apreciaciones no medidas de quien les escribe, es que el rugby pierde popularidad y que los estadios ya no se llenan como antes. En Nueva Zelanda es cierto: la gente que va a la cancha cayó un 25% desde 2020. Pero andá a decirle eso a un francés, que ve sus estadios con récord de público. El problema, entonces, no está solo en lo que entra. Está en lo que sale. Y ahí aparece un gasto del que casi nadie habla: el de los jugadores que cobran y no pueden jugar.
La historia marca que el problema no pasa por la cantidad de partidos, sino por la intensidad. Hoy se juega lo mismo que hace quince años, o menos: la Premiership pasó de 22 a 18 fechas. Lo que cambió es lo que pasa adentro de cada partido. En el Mundial del 95 la pelota estuvo viva unos 25 minutos; en los últimos Mundiales, más de 34, y en la liga inglesa de hoy se habla de unos 38. Más pelota viva es más carreras, más rucks, más choques. En una década, según los datos oficiales del rugby inglés, cada equipo pasó de tacklear unas 102 veces por partido a 128. Hacé la cuenta del cuerpo.
Ahora, lo curioso: las lesiones no son más frecuentes. Son más largas. A principios de los 2000, un lesionado de la Premiership se perdía en promedio 16 días; hoy, cerca de 38, según el registro oficial de lesiones del rugby inglés. Una parte es la intensidad. La otra es una decisión: cuidar más. World Rugby tiene encima demandas de exjugadores por lesiones cerebrales y endureció los protocolos de conmoción. Antes, más de un tercio de los conmocionados volvía a la cancha en una semana; hoy, uno de cada veinte. Está bien que así sea. Pero se paga.
Y no todo pasa los fines de semana. Para bancarse ese ritmo, el entrenamiento es feroz. La ciencia del deporte llevó al jugador a un estado de prohibición absoluta de los placeres matutinos que disfrutamos los menos dedicados y habilidosos. En la temporada 2022/23 de la Premiership, más de un tercio de las lesiones fueron entrenando. Sí, entrenando.
Después está el famoso césped sintético, el acusado de turno en cada sobremesa rugbística. Que es más duro, que levanta temperatura, que esto, que lo otro. Lo cierto es que ningún estudio lo señala como la causa principal de las lesiones, pero SÍ muestran que sobre sintético cada lesión pide más días de recuperación, y una investigación del British Journal of Sports Medicine con veinte años de datos de la liga inglesa encontró que las lesiones de rodilla son un 44% más frecuentes. Es una pieza del rompecabezas, no el rompecabezas.
Ahora seguí la cadena conmigo. Si un jugador se pierde cinco semanas, alguien tiene que ponerse su camiseta. Ese suplente es un contrato; ese contrato, un plantel más grande; ese plantel, más médicos, preparadores y analistas para administrarlo. Y ni hablar si el que se rompe es la estrella con el mejor sueldo del equipo. Las ligas ya ni lo disimulan: Francia eliminó el límite de 35 contratos profesionales por club en nombre de la salud de los jugadores, las franquicias sudafricanas pasaron los 50 jugadores y en Inglaterra los planteles casi se duplicaron en veinte años. Con una cuenta gruesa, cruzando los datos públicos de lesiones con los topes salariales, lo que un club les paga a jugadores que están en la camilla equivale a entre el 12% y el 33% de su presupuesto salarial, según la liga. Plata que corre sin que nadie corra.
Pero no le carguemos todo el muerto a las lesiones. Los clubes ingleses ya perdían plata antes de que las bajas se estiraran. El fondo del asunto es que los sueldos crecen tan rápido como los ingresos, o más, porque Francia, Inglaterra, Irlanda, Sudáfrica y Nueva Zelanda se pelean por los mismos jugadores. Muchos clubes se gastan en salarios dos tercios de lo que facturan; algunos, más de lo que facturan. Y la diferencia la pone un dueño de billetera generosa o una federación. Las lesiones no son la causa del déficit: son el multiplicador de un costo que ya venía rengo.
Hay algo, además, que los números no miden. Para este humilde aficionado, el juego se estandarizó. Ya no se perciben estilos distintos entre clubes o regiones; gana el que menos se equivoca, el que más resiste, el que más corre, por sobre el que más juega al juego en sí. Los árbitros quedan presos de esa velocidad. Es común escuchar a jugadores decir que en un solo ruck de hoy hay mil situaciones de penal. Y ahí está la paradoja: buscamos más pelota viva para que un deporte complejo sea «más entretenido» y atraiga audiencia y dinero, y en el camino lo volvimos más parejo, más físico y, para muchos, más aburrido. Y más caro, en plata y en huesos.
Tal vez nos olvidamos de que la audiencia, antes que audiencia, tiene que ser hincha. Hincha genuino, de los que van a la cancha y pagan la entrada. La identidad entre un deporte y su gente también se forja con el estilo de un club, algo que lo distinga a él y al pueblo o la ciudad que lo rodea. Los derechos de televisión son clave, nadie lo discute, pero lo que genera una hinchada fiel y duradera es la identificación cultural. No es raro, entonces, que parte del descontento de la gente que «consume» rugby hable de pérdida de identidad: estadios que cambian de nombre, equipos rebautizados, escudos rediseñados y camisetas que parecen un auto de Turismo Carretera por la cantidad de sponsors.
El rugby tiene que plantearse qué quiere ser. Primar el negocio por sobre la identidad puede ser su propia ruina. El horizonte debería ser desarrollar más regiones en el mundo, y en eso Argentina es el ejemplo más cercano de que se puede: un país de raíces amateurs que se ganó un lugar entre los grandes.
Por ahora, el negocio le está ganando a la identidad: nombres, escudos y camisetas se venden al mejor postor. Y ni así alcanza.

Deja una respuesta