Insisto en que este formato te engaña. En el Superclásico, Boca demostró que es un equipo bien armado y que su presente no es casualidad. Aun así, sus delanteros no tuvieron el partido que se hubiera esperado. Merentiel solo tuvo dos chances de gol a medias, por la vaga forma de definir o por la tibieza con que pudo ejecutar el remate.
Los centrales de River no tuvieron nada que ver con el desempeño del uruguayo. Ni Flores ni Villa gravitaron en ataque. Algún que otro desborde, llegada al fondo y centro. También la chance desperdiciada por el colombiano para aumentar la diferencia, tras una pérdida de Otamendi cerca de la mitad de la cancha.
El partido se definió por dos causas. En primer lugar, la temprana expulsión de Martínez Quarta. En segundo lugar, la especialidad de la casa: la pelota parada.
Más allá de que quedarse con uno menos tan temprano te queme todos los papeles, más allá de que se la pasen hablando de los árbitros y haciendo política nacional desde el club en contra de la AFA, el partido demostró que River sigue teniendo los mismos problemas:
Primero, no le es fácil llegar al gol y se refleja más con el dato de que Montero tocó una sola pelota con las manos. Dos; El mediocampo es hábil, pero no recupera y no se reordena en defensa como sí lo hicieron Ascacíbar y Delgado y por eso sufren los centrales. Por último, falta un 9, un 5 y un central. ¿Hace cuánto se viene diciendo esto? Por lo menos dos años.
Además, se confirman las sospechas: Almada no está a la altura, y los hinchas ya lo empiezan a mirar de costado; Martínez Quarta persiste en sus errores, pese a ser un jugador experimentado, campeón de América y con pasado europeo; y a Rivero le sigue costando. No es el de Central Córdoba, aunque, entre el partido anterior y este, hay que decir que se lo vio más ligero y cerró varias ocasiones de gol del conjunto de la Ribera.
La pelota parada, en River, es un problema ya de 15 años. ¿Cuánto tiempo más?
¿Puntos altos del Millonario? Varios. Otamendi, más allá de algunos errores, tuvo un buen partido. Con uno menos, Montiel tuvo la difícil tarea de frenar las proyecciones de Blanco. Por el otro lado, el Huevo Acuña anuló completamente a Flores, que tuvo que salir a mitad del complemento para ser reemplazado por Velasco, quien le dio un breve instante de frescura al ataque de Boca en un partido ya roto.
Del Xeneize no hay que decir más que supo controlar el partido, que pudo haber aumentado la ventaja y no lo hizo. ¿Hizo un mal partido? Tal vez. ¿Fue mejor que su rival? Clarísimo. ¿El arbitraje tuvo influencia? Discutible, aunque el inconsciente colectivo olvida rápido. Para no esquivar el tema: Velasco debió ser expulsado por simular. Algo que se cobra, y mucho. Muchos reclaman la segunda amarilla de Paredes, pero esa falta no era para tarjeta. Fue penal sobre Otamendi, pero sabemos que esos penales no se cobran. Lo de Montiel era roja y lo de Blanco, amarilla, aunque por el tipo de contacto debió ser roja para ambos. Más en frío, uno puede decir que «Cachete» cortó en franco ataque en el desborde de Blanco, y que la de este último sobre Tobías Andrada fue cerca del área de River, lo que no supone un corte de ataque. Los insultos al árbitro existieron, y la respuesta fue: “siga, siga”. Esto no termina más, y no se llegará a la verdad, porque el que gana no admitirá trampa y el que pierde no sabe perder.
Lo que sí es verdad es que River invirtió mucha plata, buscó mucho nombre y, aunque duela decirlo, Leonardo Ponzio no está a la altura, lo mismo que el plantel. Todo este combo, luego de tres directores técnicos, sugiere que el problema es la conducción.
¿A qué me refiero con esto? El problema en Núñez es de escala institucional. Se puede tener razón y se puede ir a la guerra en pos de una verdad, una creencia o una causa superior que encolumne al hincha riverplatense (y tal vez a otros), pero no se le puede permitir a un conductor no analizar la situación y, encima, establecer una estrategia que lo lleve a perderlo todo. Sí, perderlo todo, porque, aunque ya viene perdiendo, River puede perder aún más. Está bien disputar el poder y decir que no te gusta el campeonato de 30 equipos. Dicho sea de paso, un formato muy engañoso.
El lindo numerito de victorias consecutivas advierte que el formato te engaña. Siete victorias contra rivales de relativo bajo nivel, que al final no mejoraron nada. River sigue con sus problemas y no ha resuelto nada: este partido lo demuestra. Un rival bien armado, aunque sin brillar, le torció nuevamente la estantería, el discurso, el objetivo. Muchos podrán decir que es un campeonato sin nivel y que por esto pasan estas cosas, pero también hay dos equipos argentinos en dos finales internacionales. ¿Cuál es la contradicción ahí? ¿Nivela hacia abajo el fútbol argentino o permite competir? Es para largo el debate, debate de cafetín y asado de viernes a la noche, pre-truco con los muchachos. Lo cierto es que siete victorias de River le hicieron creer al hincha que el equipo había resurgido monumentalmente, pero la realidad sigue siendo la misma

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