Desde chica siempre quiso ser maestra de Lengua; le gustaba leer, escribir, pero sobre todas las cosas enseñar. A sus seis años, solía jugar a darle clases a sus peluches favoritos, hacía que les tomaba examen y después les corregía. Cuando su abuela –también docente– completaba los boletines como en cada final de trimestre, ella iba hasta su casa para ayudarla y se mimetizaba con quien, además de ser su segunda madre, era su ejemplo a seguir.
Una tarde, su mamá llegó frustrada de uno de los tantos colegios en los que trabajaba, no quiso contarle lo que le había sucedido: “Cuando seas mas grande te voy a explicar” se limitó a decirle. Con el tiempo, comenzó a observar que esas situaciones se repetían, la frustración de su madre empezó a volverse algo sistemático. No entendía cómo la profesión que la crió y que creyó que en algún momento la haría feliz generaba tanta angustia en las personas que más amaba.
Actualmente, Belén tiene 22 años; hace tiempo abandonó su vocación por ser docente y optó por estudiar Comunicación Social. Al momento de ser entrevistada, explicó que este cambio paradigmático se dio cuando comenzó a percatarse de ciertas situaciones adversas en la profesión: “Vengo de una familia de maestros y profesores, mi abuela, mi tía y mis papás son todos docentes y a lo largo de mi infancia me fui enterando de ciertas cosas que me hicieron perder el interés en la carrera, cuestiones como la demagogia entre compañeros para tener un cargo, los amiguismos están muy presentes en las instituciones educativas. Y sobre todo el sueldo, que además de no alcanzar no contempla el esfuerzo y el trabajo que realiza el docente. Vos pensá que para vivir más o menos bien tenés que trabajar en más de dos colegios o doble jornada si sos maestra de grado, y encima en tu casa seguís trabajando cada vez que corregís un examen o que planificás una clase o una actividad. Creo que todos esos sacrificios no son retribuidos en el salario”.
El caso de Belén se suma a los miles de jóvenes argentinos que, en el presente, no contemplan la docencia como futura profesión. Así lo demostró el informe publicado por Argentinos por la Educación, que confirma una caída en la cantidad de estudiantes inscriptos en institutos superiores de formación docente entre los años 2015 y 2024. Aunque si bien esta investigación demuestra un incremento del 54% la cantidad de egresados, se observa una retracción del 5% en la cantidad de matrículas, que en diez años pasaron de 523.169 a 498.443.
Alicia, Mónica y Nélida son tres docentes jubiladas que en los últimos dos años fueron contactadas bajo la propuesta de volver a ejercer algún tipo de cargo en distintos colegios primarios. Mónica, por su parte, en 2024 aceptó suplir una licencia médica de una maestra de cuarto grado; una vez finalizado el lapso, le ofrecieron continuar trabajando como preceptora, a lo que también accedió.
A principios de 2025, la misma docente renunció y la directora del colegio le propuso –nuevamente– retomar el cargo que había desempeñado el año anterior: “Acepté volver principalmente porque desde que me jubilé empecé a extrañar mucho el aula, siempre tuve en claro que en algún momento quería retomar la docencia en algún sentido. Además, también necesitaba un refuerzo económico para complementar con mi jubilación”.
Del otro lado se encuentran Alicia y Nélida, que rechazaron regresar a ejercer: “Para mí hay un punto fundamental que me hace no querer retomar la enseñanza y es el avance de la tecnología, yo me jubilé en 2013 y desde entonces las cosas cambiaron mucho. Imaginate que muchas cosas que antes eran analógicas hoy se digitalizaron. Yo, por ejemplo, no podría manejar esas aplicaciones para subir los materiales” señaló Nélida.
Además, mencionó que observa “una falta de diplomacia” por parte de los padres a la hora de intentar resolver disconformidades respecto a la enseñanza: “Sucede también cada vez más que los padres cuestionan no solo las formas sino también el contenido que enseña el profesor, y hay muchos que cuando están en desacuerdo reaccionan con prepotencia o directamente con violencia sin siquiera intentar dialogar. Esas cosas se ven y nadie quiere trabajar en un ambiente así”.
Resuenan casos como el de la maestra del Instituto IFD N° 12 de Neuquén, que en abril de este año fue violentamente golpeada por una madre luego de haberle llamado la atención a su hija de sexto grado; otro escenario igual de pertinente resulta el de Escuela nº 229 «Manuel Dorrego», en Santa Fe, donde –también a principios de año– los padres de una alumna de primer grado irrumpieron en la institución luego de una jornada por el 24 de marzo. La pareja, que adujo adoctrinamiento, no sólo maltrató verbal y físicamente a la directora sino que también amenazó con llevar a cabo denuncias penales.
Tanto Alicia, como Mónica y Nélida coincidieron en que las tres fueron convocadas debido a la falta de los docentes en los colegios: “En mi caso, la directora de un colegio en el que trabajé me dijo que cuando quisiera volver las puertas estaban abiertas. Que se les dificultaba encontrar maestros” explicó Alicia.
Esta afirmación cobra aún más sentido tras conocer el dato revelado por la Asociación de Institutos de Enseñanza Privada de Argentina (AIEPA): el 90% de las escuelas privadas afirman haber tenido dificultades para cubrir al menos un cargo docente en el último tiempo. Como consecuencia, algunas instituciones optan por mantener las búsquedas abiertas durante meses o terminan por contratar docentes aún en formación o sin experiencia previa.
Contrariamente a lo que se podría creer, el comportamiento de los alumnos dentro del aula no es motivo de desincentivación para el docente. Señaló Mónica: “El grado que me tocó a mí es un amor, los chicos me quieren un montón. Y a mi me sorprende porque yo capaz los reto cuando se portan mal y después vienen y me abrazan igual […] Nenes que se portan mal y que quizás necesitan un seguimiento diferido siempre hubo, pero en mi caso mis alumnos son muy amorosos”.
Melina es una profesora de 24 años del nivel secundario, y adhiere a esta afirmación: “Yo en realidad empecé a trabajar en colegios durante la pandemia, porque no encontraba trabajo y lo probé como una opción porque siempre me había gustado todo lo referido a lo académico, siempre fui buena estudiante y me gustaba explicarle a mis compañeros. Me tiré a la pileta y me terminó encantando […] Algo que sorprendió para bien fueron los pibes en general. Claro está que el adolescente tiene muchas cosas complicadas de sobrellevar, pero igualmente me sorprendieron mucho para bien”.
Nicolás también es profesor de secundaria, tiene 31 y confirma que: “Entre las cosas que me sorprendieron para bien está la cercanía con los alumnos y la conexión que se genera cuando se le ponen ganas y afecto. Esa relación es recíproca y muy gratificante. También el impacto que uno tiene en la vida de los chicos y chicas es algo muy lindo de ver. En mi experiencia, el ambiente de aula siempre fue ameno y tuve muy pocas situaciones conflictivas en casi diez años de docencia”.
Durante la entrevista, los tres docentes que aún continúan ejerciendo hicieron mención a la edad de sus colegas; Mónica mencionó que en primaria es habitual encontrar maestras jóvenes aún en formación y con poca experiencia, pero que lo más común son las maestras de entre treinta y cuarenta años; Melina, por su parte, describió un rango etario de entre 35 y 45 años; finalmente, Nicolás habló de un rango bastante más amplio, mencionó que materias como Inglés tienen a cargo docentes de menos de 30, mientras que otras, como Literatura, son dictadas por profesores que pueden llegar a tener hasta 65 años.
Estos testimonios corroboran la información publicada respecto a la edad promedio del cuerpo docente en 1994 en comparación con 2023. Por un lado, según el Censo Nacional de Docentes y Establecimientos Educativos de 1994, un formador promediaba los 37 años de edad; por otro lado, casi treinta años después, ese promedio asciende a 43,9 de acuerdo con el informe del Observatorio de Argentinos por la Educación.
Una problemática que compete y suscita una preocupación profunda en los trabajadores de la educación es la remuneración. Históricamente, los docentes han arrastrado disconformidades con los salarios, los aumentos, las paritarias y las jubilaciones. Y si bien para un sector de la sociedad esto no representa una novedad, el punto de quiebre podría ubicarse en 2024, período en el que se registraron los salarios docentes más bajos de los últimos veinte años a nivel nacional, según el aporte del economista Alejandro Morduchowicz a partir de las cifras difundidas por la Secretaría de Educación de la Nación.

La recesión salarial coincide con la eliminación del Fondo Nacional de Incentivo Docente (FONID) a través del Decreto 280/2024 publicado el 27 de marzo de 2024 en el Boletín Oficial. El incentivo era financiado por el Gobierno Nacional y representaba entre el 7% y el 10% del salario bruto docente. El fondo había sido creado en 1998 con el objetivo de complementar los salarios docentes provinciales y reducir las desigualdades salariales entre jurisdicciones.
Para 2025 el panorama pareciera mejorar respecto al año anterior, con incrementos reales en 13 de las 24 jurisdicciones del territorio nacional. De todas formas, aún hay 21 provincias que presentan condiciones salariales inferiores a las de 2023.
No obstante, los salarios reales son mas bajos en todo el país en contraste con 2014, a excepción de Chaco, Santiago del Estero y Río Negro. Así lo demuestra el informe «Financiamiento provincial: análisis del presente en perspectiva de la última década» de Argentinos por la Educación:


La dificultad de sobrellevar la economía con el sueldo propio de la profesión persiste a pesar de las pequeñas mejoras, lo que para muchos docentes no solo significa un desincentivo para ellos mismos sino también para potenciales educadores: “Creo que para que más jóvenes elijan la docencia tendría que cambiar el tema del salario, que te alcance para vivir […] la paga, que es muy baja, especialmente en secundaria, te obliga a tener múltiples trabajos y a circular por varios colegios para poder sostenerte económicamente […] no te digo de hacer como países como Finlandia, donde la docencia es de los trabajos mejores pagos, pero bueno, cuando se paga poco una profesión, la idea que se da de esa profesión es que no es tan importante. Cuando el colegio como organización académica, como institución, se cae a pedazos, las aulas no tienen vidrio, no tienen ventilador, está todo roto, al docente le pagan poco y etcétera, se genera esa falsa idea de que no es una labor tan importante”. Sostuvo Nicolás.
En la misma línea, Melina expuso: “Ningún pibe de 20 años va a querer laburar cuarenta horas en frente de un aula para después seguir trabajando cuarenta horas más en su casa para apenas poder pagar el alquiler. Creo que en ese sentido el trabajo del docente está muy romantizado”.
Karina tiene 52 y hace más de veinte años que ejerce la docencia en colegios públicos. En su declaración, argumentó que hay una tendencia a desprestigiar inconscientemente la labor del docente: “Hay varias cuestiones que llevan a asociar la docencia con un trabajo desfavorable, como el sueldo, los tratos entre pares o las condiciones en la infraestructura en mi caso, que trabajo para el Estado. La realidad es que tanto maestros como médicos somos dos de los sectores más precarizados en el país y debería ser todo lo contrario. Creo que reconocer a la educación y a la salud como pilares fundamentales de la sociedad es el primer paso para cambiar las condiciones estructurales que hoy en día llevan a que haya tantas fallas en el sistema. Cada tanto no está mal recordar que, además de encargarnos de formar, sobre todas las cosas somos garantes de un futuro mejor”.

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