La historia del arte recuerda a Diego Rivera como un genio. Frida Kahlo pasó gran parte de su vida tratando de evitar convertirse en una nota al pie de página de esa genialidad. Cuando se casaron, ella tenía 22 y él 42. Él era uno de los artistas más famosos de México, ella una estudiante que recién empezaba a pintar en serio. La madre de Frida llamaba a la pareja “el elefante y la paloma”.
Esa metáfora fue lo único que sobrevivió al matrimonio.
Durante décadas, la prensa, los críticos y los historiadores la presentaron como “la esposa de Diego Rivera”. Incluso cuando sus cuadros ya circulaban por galerías internacionales, seguía siendo descrita en relación con él. Pero ela parecía entender perfectamente el problema.
“He sufrido dos accidentes graves en mi vida. Uno fue el tranvía. El otro fue Diego.”
La frase suele citarse como una declaración romántica. En realidad, funciona mejor como una declaración política. Porque Diego no era solamente un marido, era una estructura de poder.
Un hombre admirado, protegido y celebrado por un mundo artístico que le perdonaba infidelidades, excesos y desplantes con una facilidad que jamás habría mostrado hacia una mujer. Frida convivió con eso toda su vida, y lo hizo arte.

En Diego y yo (1949), una de las obras que hoy pueden verse en el MALBA, Rivera aparece incrustado en su frente como un tercer ojo. No está a su lado, ni detrás, está dentro de ella. Ocupando el espacio del pensamiento. Frida llora mientras lo carga sobre la cabeza como una presencia imposible de expulsar. El crudo retrato de una obsesión.
Kahlo tuvo amantes hombres y mujeres. Mantuvo relaciones con artistas, intelectuales y militantes. Coqueteó con fotógrafos, actrices y revolucionarios. Entre ellos, León Trotsky, refugiado político en México y huésped de la propia Casa Azul. Mientras el mundo esperaba de ella fidelidad, discreción y sacrificio, Frida parecía empeñada en convertirse en exactamente lo contrario.

La Frida contemporánea fue transformada en un símbolo universal del empoderamiento femenino. Pero la verdadera Frida probablemente desconfiaría de cualquier intento de convertirla en símbolo de algo.
Era demasiado contradictoria para eso: amaba a Diego y lo odiaba. Defendía su independencia y sufría por amor.
También sufrió por aquello que la sociedad esperaba de toda mujer de su época: la maternidad. En 1932, tras perder un embarazo, produjo una de las imágenes más desgarradoras de toda su carrera. Sin título (El aborto) transforma un dolor íntimo en una declaración pública. Mucho antes de que existieran los debates actuales sobre autonomía reproductiva, Frida ya estaba poniendo en imágenes aquello que las mujeres debían atravesar en silencio
.
Los vestidos tehuanos, las flores, las joyas indígenas, las trenzas imposibles y las cejas unidas no eran simplemente una cuestión estética, eran una declaración. Mientras buena parte de las élites mexicanas miraban hacia Europa, Frida construía una imagen orgullosamente latinoamericana.
Esa búsqueda de una identidad propia aparece incluso en obras – a simple vista- más serenas. En Autorretrato con chango y loro (1942), también exhibida en el MALBA, no hay Diego, no hay lagrimas ni heridas visibles. Está ella, rodeada por la fauna mexicana y el espesor de una naturaleza que parece protegerla.
Quizás por eso sigue siendo el centro de las discusiones, no porque representó a una feminista perfecta, sino porque representó algo mucho mas humano. La dualidad ded ser brillante, errada y vulnerable, a la vez. Libre y dependiente; una mujer revolucionaria y contradictoria.
Pero al menos, terminó logrando algo que probablemente habría disfrutado.
Que el mundo recuerde a Diego Rivera como el marido de Frida Kahlo.

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