Mañana no puedo porque tengo el cumpleaños de mi perro

Hace poco salí a tomar un café por Palermo, cerca de Plaza Italia, y mientras buscaba una mesa para sentarme noté que había una mujer con un cochecito y se me estrujó el corazón de ternura de solo imaginar un bebé. Después lo vi de frente y me di cuenta de que se trataba de un perro. Luego de terminar el flat white, decidí caminar por el barrio para aprovechar el día.

Doblé en Charcas y, en eso, veo otro perro, esta vez vestido con una chombita azul. Días más tarde me crucé en Instagram una cuenta de una chica que hacía tortas de cumpleaños para perros muy pintorescas. Todas estas cosas me molestan, y mucho, pero no puedo lograr entender el porqué. En un momento me planteé que quizás sería envidia porque no puedo llevar a mi golden gigante a este tipo de lugares porque, por su tamaño, sería demasiado molesto. Pero no viene por ahí la cosa, solo sé que cuando veo un perro con chomba pienso en que ni siquiera yo tengo una.

Así que para comenzar esta búsqueda de intentar comprender por qué me jode tanto ver animales en situaciones humanas me propuse un punto de partida: el cambio de paradigma. Hace años que tengo la sensación de que los comercios y espacios pet friendly se multiplican cada vez con más rapidez, lo que me hace pensar que la convivencia entre humanos y animales se encuentra más afianzada que nunca . Y de alguna manera los datos me dan la razón, ya que según la encuesta reciente de Voices!, empresa de consultoría e investigación, en 2023, 8 de cada 10 argentinos conviven con una mascota en sus hogares. A su vez, este informe también expone un aumento notable en relación a los últimos años: del 60% en 2018, al 70% en 2020 y al 79% en 2023.

Fuente: https://www.voicesconsultancy.com/Informes/Los-argentinos-y-el-fuerte-vinculo-con-sus-mascotas

La investigación  “Díaz Videla, M. y Rodríguez Ceberio, M. (2019). Las mascotas en el sistema familiar. Legitimidad, formación y dinámicas de las familias humano-animal” de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) explica que el incremento de mascotas en los hogares es el resultado de un cambio histórico en las actitudes hacia todos los animales. Explica que estas modificaciones en las formas de relacionarse son consecuencias de los cambios sociales producidos con las migraciones hacia las grandes ciudades, ya que implicarían un distanciamiento del maltrato animal. La brecha se vuelve cada vez más estrecha, por ende, los humanos y las mascotas desarrollan vínculos más fuertes con el paso del tiempo.

Fuente: https://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/98223/Documento_completo.pdf?sequence=1&utm_source=chatgpt.com

Ahora bien, necesitaba asegurarme en primera persona de que este cambio paradigmático fuese cierto. Sobre todo para no sentirme la única infeliz que critica cuando ve a un cachorro que llega a una cafetería en cochecito. Para eso, pase por los barrios de Joaquín y Priscila —Martínez y Colegiales— para averiguar si verdaderamente les funcionaba la dinámica, ya que ambos trabajan en cafeterías pet friendly. Los dos coincidieron: los clientes suelen concurrir con sus mascotas y, en general, no suponen un problema para quienes no llevan animales.

Joaquín expresó que la única queja que recibió al respecto era por el desprendimiento de los pelos, que a veces volaban por todo el ambiente y caían sobre la comida del resto de los clientes “Muy poca vez la que el cliente dice, che, yo la junto”. Priscila agregó que la gente se siente cómoda e incluso interactúa con los animales si el dueño lo permite; las contras son  los ladridos, las alergias y que los locales no suelen ofrecer más que agua para las mascotas. De todas formas, destacó que esta modalidad permite que los clientes ingresen con sus perros en medio de un paseo o después del veterinario, sin la necesidad de esperar afuera. 

Días más tarde pasé por Núñez, donde tuve la oportunidad de conversar con Gonzalo, que trabaja en una barbería que recientemente se convirtió en pet friendly. Él también cree que la dinámica funciona. No recibió ninguna queja —aun en un comercio que antes no permitía mascotas, para mi sorpresa— aunque coincide en que representa más trabajo para el personal por los mismos motivos mencionados por los otros dos entrevistados.

Bien, ahora confirmo que soy una amarga, aunque todavía no termino de entender qué es lo que molesta de toda esta situación. No creo que los animales reemplacen el tener un hijo o una pareja —a pesar de lo que muchos creen— porque se trata de dinámicas distintas de relacionarse. Esto también lo menciona la ya citada investigación de la UNLP, que incluye la fuente de Zilcha-Mano (2011, 2012) para demostrar que quienes tienen apego emocional a otras personas también tienden a tenerlo con sus mascotas, y que esta dependencia se debe a carencias afectivas durante la infancia. En este contexto, puede entenderse el lugar fundamental que ocupan las mascotas en la vida de algunos. A diferencia de los vínculos humanos, el animal brinda cierta seguridad de permanencia. Y esta presencia constante podría funcionar como una especie de refugio emocional para quienes, por distintos motivos, temen al abandono. 

Y todo esto de alguna manera nos recuerda al concepto de modernidad líquida. A principios de los 2000, Bauman ya hablaba de que estamos viviendo una época en la que la vida social se torna cada vez más inestable debido a los cambios constantes y acelerados que transitamos todos los días. Por lo tanto, los vínculos humanos también se debilitan, entre otras tantas cosas. Acá es donde, nuevamente, las mascotas aparecen como un oasis en el desierto de las relaciones vulnerables.

Quizás mis inquietudes acerca de ver mascotas en situaciones humanas nada tengan que ver con los perritos o los gatitos en sí, sino más bien con una serie de problemas estructurales que, me gustaría, en algún momento pudieran resolverse. Nunca se trató del perro con chomba, ni del que andaba en cochecito, ni tampoco del que festejó su cumpleaños con una torta, se trata de algo mucho más complejo. De todas formas, tengo que agradecer que mi perro no sepa leer ni hablar, porque a esta altura ya me hubiera pedido emanciparse. 

Deja una respuesta