Cuando se abre una pestaña, te dan ganas de cerrar diez mil. A día de hoy se volvió moneda corriente estar en búsqueda de trabajo, motivarse, modificar el currículum y hacerse un buen café para abrir la soberbia personificada en una red social: Linkedin.
Linkedin nació en 2008 con la hangurrienta decisión de ser la red social destinada a conectar empresas, empleados y empleadores. Proponía una estética corporatica, liviana, con colores similares a los allegados del boom de Facebook y Twitter. Su función fue crucial en los 2010, facilidad para conectar con grandes entusiastas de las corporaciones, con 200 millones de usuarios dentro de más de 200 países. La marca estaba enaltecida hasta que su declive arrancó estos últimos años.
Hoy Linkedin está sobrepoblada de pretenciosos en busca de constante admiración y aprobación. ¿Será finalmente la contraparte masculina de las pick me girl? Quizá no del todo, pero una de sus finalidades es compartida: la aprobación masculina. Es una web que tuvo la finalidad de compartir objetivos profesionales y proponer la difusión de ofertas laborales sin tener que ingresar de forma incómoda a ninguna aplicación.
La nueva era de la búsqueda de trabajo performativa es hija de una sociedad con esas mismas raíces: la búsqueda incansable de pertenecer a algo. Lo que ha llevado a la aplicación a no ser más que un Instagram académico lleno de hashtags, fotos de apariencia feliz
El cuarto posteo del feed, justo debajo de tres anuncios irrelevantes de instituciones de las que jamás nadie oyó hablar, tiene una estructura similar a la siguiente publicada por Alan, un empleado de R.R.H.H de una empresa inchequeable:
“Hoy hice huevos revueltos sin manteca. A las 6:47 AM, mientras el mundo dormía y las excusas abundaban, abrí la heladera y enfrenté una verdad incómoda: no había manteca. En ese momento tenía dos opciones: salir corriendo a comprar o adaptarme. Elegí crecer, evolucionar y trabajar en mi mindset. Tomé aceite, pero no fue solo aceite: fue una decisión estratégica, un cambio de paradigma, una forma de salir de mi zona de confort culinaria y abrazar la incertidumbre. Mientras el aceite tocaba la sartén, entendí algo: no se trata de tener los ingredientes perfectos, se trata de maximizar los recursos disponibles y generar valor incluso en contextos adversos. Los huevos no sabían igual, y ahí estuvo la lección, porque el cambio incomoda, porque innovar tiene costo, porque no hay transformación sin fricción. Hoy no hice huevos revueltos, hoy desarrollé resiliencia, trabajé en mi adaptabilidad y fortalecí mis soft skills. Tres aprendizajes que me llevo: la manteca es un hábito, no una necesidad, cuestioná tus procesos; el crecimiento ocurre cuando aceptás que no todo va a ser como siempre, ahí está la oportunidad; la diferencia entre quedarte igual o evolucionar está en cómo respondés al cambio. No fue un desayuno, fue una experiencia de aprendizaje. ¿Y vos? ¿Vas a seguir esperando la manteca perfecta o vas a empezar a liderar tu propio proceso? #Liderazgo #Mindset #Innovación #Resiliencia #Growth #AprendizajeContinuo #CambioDeParadigma”
La imagen del perfil que publicó el texto es de un chico de no más de veinticinco años. Lentes con marco delgado, camisa celeste y fondo blurreado. Alrededor de su imagen de perfil tiene la leyenda Talent Recruiter. Tiene un puesto ridículo, en una empresa con nombre ridículo y todas sus búsquedas laborales compartidas están llenas palabras en inglés, algunas hasta mal utilizadas.
¿De qué sirve que vos, Alan, con esa cara de infeliz me cuentes cómo te hiciste los huevos? ¿O qué me relates como te dolió más a vos echar a un empleado, que el hecho que le hayas pegado una patada a la calle por el bien de la empresa?
La estructura típica de la publicación es una frase gancho exagerada, que exige que frenes el scrolleo. Y cuando empezás a leer querés ver en que se desenlaza la historia. Claro está que los huevos es una metáfora a cualquier anécdota innecesaria, pero no es más que un reflejo de la exageración y ganas de ser admirados, que empuja al rejunte de niños corpo sectarios de Recursos Humanos. La historia continúa con un pseudo desarrollo personal, parece que nuestro niño corpo en medio de su cruzada, por supuesto que real, lo picó un insecto megamágico que le hizo cambiar su opinión y su forma de ver el mundo trás un impacto o diálogo. Por supuesto que lo es ¿No viste que eligió crecer y evolucionar de un segundo al otro?
La gente decidió no mostrar más lo que hace, sino lo que parece que hace. Construyeron a un personaje completamente resiliente, que atraviesa una escena compleja y llena de adversidades. Entendemos la globalización de las redes sociales como una excusa para mostrarnos con vidas perfectas, pero ahora Linkedin no tiene idea que le hace mostrar a los dichos pretenciosos. ¿Quiere demostrar que ellos tienen el trabajo perfecto o qué realmente ellos son los empleados ideales? ¿Quieren demostrarle a su empresa que tienen puesta la famosa “camiseta” o están en una aplicación de citas flexeando sus increíbles soft skills y su resiliencia? Si, resiliencia. Total, ellos trabajan con un aire acondicionado y red de wifi de 300mps. Tienen que ir a las horrorosas oficinas del conurbano en Vicente López, cerca del vial costero, a solo 500 metros de la Quinta Presidencial. Zona jodida, eh. Claro, es una costanera. Oficinas populares. Olivos es picante.
El valor del contenido queda diluído por completo ante tanta publicación absurda. Las nimiedades compartidas terminan alejando el interés hacia el objetivo principal de divulgar información o utilidades laborales. Los textos se extienden con la atomicidad de palabras y conceptos sacados de Padre Rico Padre Pobre como el mindset: definido como un conjunto de creencias, pensamientos y actitudes que moldean cómo interpretamos la realidad, tomamos decisiones y abordamos desafíos. ¿Cultura no me querrás decir? ¿Mentalidad por ahí? ¿Por qué me inventás esta vil palabra que si la llego pronunciar en medio de mi discurso oral parezco Tévez?
Estas palabras en inglés son conceptos que, de tanto repetirse, se vacían. Suenan bien, maquillan obvio, pero no dicen nada.
En esta lógica, nadie trabaja: todos “lideran procesos”, “optimizan recursos” o “potencian talentos”. Nadie tiene problemas: atraviesan “desafíos”. El lenguaje ya no describe la realidad, la edita. Y en esa edición constante, se transforma en el Barco de Teseo, lo concreto se disuelve. El algoritmo refuerza esto. No premia el conocimiento ni la claridad, sino la emoción, la historia exagerada y la enseñanza fácil de compartir. Entonces, la profesionalidad deja de ser práctica y pasa a ser actuación. Lo importante no es lo que hacés, sino cómo lo mostrás.
Sólo nos queda la esperanza de un día poder señalar “He aquí un idiota” que tenga la valentía (o la misms idiotez de contar algo real) Que levante la mano y nos diga “Che, yo sangro”.
Por eso, los huevos revueltos sin manteca no son una exageración. Son, en el fondo, una representación bastante fiel de una red donde parecer vale más que hacer. ¿A quién carajo le cambia si los huevos se hacen con aceite o manteca?

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